Apareces y me sonríes, y te acercas despacio.
-¿Quieres un café?
La barra es de madera, oscura y mate. El brillo murió hace mucho, escuchando los mismos saludos, los mismos pedidos. Es caoba, lo sé por su olor. Donde siempre van las manos del moreno cantinero, la madera ha ennegrecido. Las paredes son rojas, o marrones, depende si es de día o de noche. Frente a la barra hay un vitral muy grande. Madera hasta media altura y de allí un ventanal dividido en cuatro cristales traslúcidos.
Suenan el saxo y el piano.
El piso es de baldosas, asperas y viejas. Limpias, sí, limpias. Y caoba también son las sillas y las mesas y la fila de columnas que van desde el fondo hasta casi la puerta pasando por un claroscuro creado por las lámparas en la noche. Y las lámparas cuelgan desde el techo. Solo en la entrada hay un tapete.- Quiero lo que me puedas dar.
- Cántame una canción al oído con esa tu voz melodiosa, mi negra.
Era de noche entonces. Y por fuera, las luces de neón caminaban dentro de su moldura, son morado y rojo, y no prendía la última a.
Pedro, el cantinero y dueño del café, era un hombre de pensamientos básicos y poca imaginación. Cuando abrió el negocio, la ciudad no era lo que era hoy y tampoco lo era él, ni sus bolsillos tenían lo que tenía ahora.
De pronto se prende una luz cenital. Todas las mesas están ocupadas en la oscuridad abrasadora y en el calor tenue brillan luciernagas de vez en cuando y luego bajaban su intensidad suavemente. También los bancos junto a la barra están ocupadas. Todos menos uno en la que todos saben que está prohibido sentarse pero no hay ningún anuncio cerca. La luz ilumina a la morena con su blanco vestido con una larga abertura que muestra su pierna desde el muslo hasta el tacón. La mujer coge el micrófono sobre la barra y le manda un beso con la mano al cantinero que sonríe mientras limpia un vaso. Sonríe y no se ven sus dientes. La gente aplaude. Las luciérnagas se iluminan sin patrón alguno. La batería comienza a sonar suave, suave.
La mujer camina sensual, con su melena cayéndole a un lado de la cara. Y su voz, esa voz comienza con un tono bajo y precioso. Se pasea por las mesas y la luz no parece querer dejarla y la sigue. Qué negra, Dios, qué mujer. Pasa tras mi banco junto a la barra y desliza su mano sobre el espaldar.
Pedro compró las luces de neón en una mercado de pulgas. Entonces eran dos líneas de texto, pero él solo conservó la primera parte porque quería que sobre su puerta solo dijera La Cantina. Así de simple, como él, sencillo. Y sin embargo, la última a nunca brilló. Y la gente conoció su barra. Y también conoció a Amor, la morena del dueño.
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