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martes, 5 de agosto de 2008

La argentina, la pelirroja y Zapatos Azules.

Dicen que dicen. Yo pienso que, realmente, los sueños, las ilusiones, aquello que es real y no lo es tanto, eso: es necesario. Sí, ciertamente, lo es. Y digo “pienso yo” porque no tengo ningún tipo de titulación que me pueda acreditar para hacer de mis pensamientos una generalización.
Ah, las ilusiones. Quizá en este caso me refiera yo a un solo tipo. Del tipo aquel del que no quieres “desilusionarte”. De aquel tipo de ilusión que no quieres saber si es verdad o no, si es alcanzable o no. De aquel que quizá ves lejano, pero, como muchas pinturas magníficas, debes verlo a la distancia exacta, no necesitas estar en contacto directo para poder apreciarlo, adorarlo.
Lo más probable es que aún no me haya hecho entender bien. Sí, suele suceder. Y como siempre, daré un ejemplo para intentar ser comprendido.

—¿Qué fue de tu amiga? —pregunté yo.
—¿Cuál amiga? —respondió Capelletti (¿o preguntó?).
Capelletti es una compañera de mi primer salón de la universidad. Solíamos verla bastante lejana a nosotros. Cuando digo “nosotros” me refiero al cuarteto al cual fui incorporado: Ian, Guillermo, Diego y yo. Aquel día estábamos los dos, sentados en nuestros respectivos sitios, mientras la mayoría de los alumnos había salido al receso. El resto del cuarteto había salido también, por supuesto.
—La Argentina, pues —dije desde mi asiento, detrás de ella—. Esa amiga tuya que siempre viene a verte.
Y sí, la argentina siempre venía a verla. Eso a causa de que la amiga tal, de cabello claro, no estaba en el mismo salón que nosotros. Bueno, quizá haya sido la única amiga suya que venía a buscarla, ciertamente, no me percaté de que hubiera alguien más. Y lo digo porque no tuve que dar mayor definición.
—Pero ella no es argentina —me dijo, con aquella expresión que ponemos todos cuando pensamos “éste está huevón, ¿qué se ha fumado?”.
—Si ya sé —dije, sin mayor cambio —. ¡Pero tiene toda la pinta! —Eso es un prejuicio, y vale decir que fui yo quien comenzó a llamarla argentina—. Además, no sabemos su nombre.
Por un momento pensé que ella me lo diría. No sé por qué se me ocurrió tal asistencia de una chica que apenas y conocía, pero me pareció lo más natural que se haría en un caso así (quizá fuera empatía)
—Pero no me lo digas —dije, y añadí por cautela—, si me lo pensabas decir. —para evitar, quizá, en un caso supuesto, que me dijera: ¡No te lo iba a decir!
Nuevamente la expresión esa. Suelo ser bastante raro a veces (¡¿Sólo a veces?!).
Comencé pues mi explicación para evitar ser tomado por loco, o quizá lunático (por eso de andar cambiando de nacionalidad a la gente sólo por un prejuicio mío)
—Sí, sí la he visto. Creo que vino sólo el primer día, y entró al salón por equivo-cación —dijo Guillermo.
Al parecer, Diego no la había visto. Ian, bueno, creo que no vino el primer día.
—Claro, creo que sí —añadí yo—. Era pelirroja, pero de las verdaderas, y además era muy simpática.
Debo suponer que por eso me acordaba, por lo de simpática obviamente. Ya habría pasado quizá un par de meses desde que las clases empezaran. Los cuatro estábamos en el balcón del quinto piso, tomando los rezagos del sol y, cerca de la puerta del salón, estaba Capelletti conversando con la argentina.
—Oe —intervino Ian—, pero ¿la pelirroja no está en el salón del costado?
Y, sí, ella estaba.
—Oe —dijo nuevamente Ian—, mira esa flaca. Está buena.
—¿Cuál? ¿Quién? —dijo, no recuerdo si Guillermo o Diego. Yo ya estaba mirando en la dirección en la que apuntó la seña sutil que había empleado Ian tras sus palabras.
—La flaca de al fondo —prosiguió Ian, sin tomar en cuenta que estábamos en tiempo de receso y todos los alumnos estaban en el pasillo, donde supuestamente se hallaba la muchacha que él quería que viéramos.
Miramos por un momento y luego repetimos la pregunta que no recuerdo quién la hizo, sólo que aquella vez, pusimos más énfasis, pidiendo, en realidad, detalles.
—La flaca esa, pues, la de cabello negro, chompa roja y zapatos azules.
Miramos hacia el fondo, claro, pero vimos nuestros rostros luego y posteriormente a Ian.
—¿Chompa roja y zapatos azules? —dije—. ¿Zapatos azules? —enfaticé—. ¡Qué huachafa! —dije yo, recontra huachafo, porque debo añadir que esa palabra suena terrible, suena mal, suena, ¿cómo decirlo?… ¿huachafo?
Reímos todos.
—Pero, ¿Por qué no quieres saber su nombre? —me preguntó Capelletti, acomodándose en su asiento, quizá para verme mejor (No tiene nada que ver con caperucita y cierto lobo…)
—Hay cosas de las que no queremos enterarnos para no romper la ilusión —dije, haciendo una de aquellas generalizaciones de mis propios pensamientos—. Verás, yo no quiero conocer a la argentina, sólo quiero verla y percibirla por mí mismo. Sólo quiero saber que está allí. Lo mismo para la pelirroja y Zapatos azules.
Nuevamente el gesto ese en el rostro de Capelletti.
Sonó el timbre y los cuatro volvimos a ingresar al salón.
—Pero no está tan buena que digamos —sentenció Ian.
—Sí y su cabello no es rojo, es teñido —dijo Guillermo.
Y ciertamente, lo es, sí, pero en aquella percepción que tuve yo de ella, en ese pequeño instante en que la vi por vez primera, ella era pelirroja y perfectamente pelirroja. Aún lo es, aunque no se haya vuelto a teñir y se le noten las raíces negras en la cabeza, para mí lo es. Eso es una ilusión. No la he escuchado hablar, no sé cual es su timbre de voz, pero me lo imagino. Y sé que quizá sea mejor así. Lo mismo Zapatos azules. Debo confesar que no la he visto bien, y creo que no sería capaz de reconocerla si la tuviera en frente. Pero la conozco por mi imaginación. Y está bien así. No quiero conocer a aquella persona, ella es sólo el principio de aquello que realmente deseo, aquella ilusión la cual no quiero que desparezca. Diré en realidad pues que sólo conozco el título de zapatos azules y lo demás lo he inventado yo (hablo sólo por mí, no por el cuarteto).
La argentina también. No la he tratado mucho, sólo le he dirigido un par de palabras (cuidado, disculpa), pero la he visto, con el grupo de Las Vikingas, al que, dicho sea de paso, pertenece Capelletti (espero que no sea esto una infidencia), y no es para nada cómo me la imaginé, pero puedo asegurarles, que tampoco es argentina, por eso: está bien así. Quizá sea que no quiero creer que sean de otra manera que como me las había imaginado.
Aquella pobre madre que no quiere aceptar que su hijo ya es adulto —tiene treinta y sigue en la casa de sus padres—. Aquel pobre adolecente que no quiere creer que el amor de su vida ha roto con él (suelen llorar creo). O más trágico quizá, aquella persona que no quiere aceptar que su ser querido ha muerto. No, ninguno de ellos está dispuesto a aceptar que se rompa la ilusión. Algunos excepcionales logran mantenerla, pero en detrimento de la realidad y terminan en el Noguchi o el Larco Herrera.
Lo cierto es que no queremos que se rompa ese hilo, tan delgado. Y es que tenemos necesidad de ello. Somos egoístas y las ilusiones nos hacen bien, quizá sólo a nosotros, es decir, individualmente. El amor de mi vida, es el amor de MI vida, ¡No puede dejarme! La muerte de ese mi ser querido me hace sentir mal, débil, nostálgico, es decir, ME hace sentir mal.
Insisto, no puedo generalizar mis ideas. Pero, piensa en un ejemplo de ilusión y ponme a prueba. Somos egoístas, no sólo yo.
Sea como sea, tenemos necesidad de las ilusiones. Las metas son ilusorias hasta que se hacen realidad, y entonces se pierde el encanto que tuvieron, se convierten en un suceso de tu vida y el tiempo comienza a cubrirlo. Yo quiero que algunas ilusiones sigan siendo ilusiones, pero no todas, más exactamente, ¡no mis metas!
Quizá, la pelirroja se llame Cuchuficienta, pero yo no quiero que se llame así, quiero sea La Pelirroja. Quizá, Zapatos azules es una borracha drogadicta muy bien disimulada, pero yo quiero que le guste leer, que sea proactiva y que adore sonreír. Y bueno, también tengo algunas ilusiones con respecto a la argentina, pero pienso pedirle a Capelletti que lea esto que he escrito. Creo que ya escribí que la argentina es amiga suya.
No pienso que esté de más mencionar que no nos podemos hacer ilusiones de todo o de todos, yo no lo hago. Suelo ser, más bien, realista. Pero necesito tener alguna ilusión siempre. Como creer que muchas personas leerán esto.
—Y por todo eso —dije— no queremos saber sus nombres.
—¡Qué tonto! —dijo Capelletti, o al menos, creo que fue esa la expresión. Pero lo dudo, ella no suele decir eso, ¿no? Usualmente son algo más directos. Es decir, sus calificativos. Es decir, los de Capelletti.
Me cago de sueño. Y se me acabaron los cigarros.
Por cierto, no sé si Capelletti se escribe así, con dos eles y dos tés, pero a mí me gus-ta así, es decir, a MÏ. Yo quiero que se escriba así. Ese nombre es en realidad, para mí, una ilusión (valga decir que sólo el nombre… ¡no quiero problemas!).


Paul Medina.

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