—Mamá, ¿qué es chepi-dos?
Estaba yo en el bus camino de la universidad. Recuerdo que iba pensando en algún curso de idiomas de los cuales he empezado sin completar. ¿Era realmente necesario pensar en ello? Puede que sí tanto como puede que no. Pero de que no prestaba atención a mi libro, eso sí, no lo hacía.
—¿Donde has escuchado eso?, hijo.
Me ha sucedido muchas veces —y estoy casi seguro que a todos nos ha pasado aunque sea una vez— que no he podido evitar escuchar una conversación ajena. Y se da casi siempre que no llego a comprenderla del todo, puesto que no he prestado atención desde el inicio de ésta por estar absorto en mis pensamientos o, si tengo suerte, algún buen libro.
—Me lo ha dicho Marita, mamá.
—¿Así?, verás… ¿Estaban jugando?
En muchas de esas situaciones debo de contener una risa para evitar desenmascararme. Uno suele escuchar cada cosa… Claro que debemos fingir seriedad o hasta intranquilidad para no aparentar lo que realmente sucede: que hemos dejado de pensar en nuestros asuntos para escuchar una conversación ajena.
—Sí, mamá.
Hubo, pues, una de aquellas raras veces en que, a pesar de que leía un buen libro, no pude menos que prestar atención a la pregunta de un niño, a quien, por el timbre de su voz, supuse de cinco o seis años.
—Mmh —caviló la joven madre, pues debió ser joven por el timbre de voz—. Eso quiere decir que debemos esperar un momento.
Tanto madre como hijo estaban a mis espaldas y además había muchas personas de pie en el corredor del bus. Mientras oía la explicación de la madre, imaginando la mía, es decir, mi explicación, miraba mi libro para evitar, como dije antes, ser descubierto.
—Es como decir “para” —continuó la madre.
Yo había usado ese término: Chepi-dos (si así se escribe). Al fin y al cabo, ¿quién no? Me trajo muchos recuerdos volverlo a oír, en realidad. Pero lo que más me llamó la atención es cómo ha influenciado el aprendizaje de una lengua extranjera, de manera prematura, en nuestras vidas. O bueno, en la vida de los más jóvenes. A tal punto que su entendimiento esta relacionado, si no supeditado, a una lengua que no nació con su madre.
—¿Como decir “stop”?, mamá —dijo el niño, y se percibía en su forma de hablar, que estaba esbozando una sonrisa.
—Así es hijo, como “stop”
He escuchado muchas cosas, pero que un niño, para llegar a comprender a cabalidad el significado de una palabra en castellano —y teniendo en cuenta que es ella su lengua natal— use un término extranjero… eso, pensé, es extraordinario. Sucede que me percaté del avance que se da en la sociedad. Por supuesto lo tenía pendiente, pero percibirlo así, de manera directa, es algo bastante extraño.
—Mamá, ¿te cuento un chiste?
Me hace imaginar que los niños de ahora ya no tienen en la mente lo que nosotros a su edad. Están más desarrollados. Sus intereses son inducidos desde fuera, sí, pero es muy provechoso para sus vidas.
—A ver, hijo.
Pero, también puede ser que simplemente su madre lo metió a algún instituto de inglés, de los muchos que hay, como muchas madres hacen con sus hijos, y ese niño era muy común en estos días. Y que además, era como cualquiera de nosotros fue a esa edad. Y que seguiría repitiendo lo que todos decíamos entonces. “Chepi-dos” pensé. Yo también lo dije.
—Ya. Había una vez un elefante que se llamaba maíz…
Pensado esto, retomé mi lectura, claro que con una sonrisa, porque ya sabía cómo acabaría ello. Yo también lo he contado a mi madre cuando tenía esa edad, pensé. Creo que lo malo es que a mi edad, muchas veces lo sigo contando en las reuniones. Y si bien pensamos: “Ese chiste es recontra viejo”, aún sonreímos.
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