Con golpes de pie marcaba los
tiempos. Lentos, esporádicos los golpes. Con una mano marcaba los cambios de la
música. Tenía los ojos cerrados y meneaba la cabeza, apretaba los ojos de
cuando en cuando. Estaba sentado a gusto. El ambiente estaba impregnado de
cigarrillos y vino rosé. Tenía la copa en la mano izquierda y la sostenía a la
altura de su rostro, como brindando, un continuo brindis con la potente voz
femenina, que pese a la tranquilidad de la música, lo emocionaba con la
interpretación.
Tell him I, Tell him I need him and everything’s gonna be alright
Los dedos de la mano derecha
tamborileaban su muslo y escapaban al compás. Y su mente concentrada en lo que
ella susurraba. La canción termina en aplausos.
Conversaron ella y él sobre la
performance y brindaron con las primeras copas de la segunda botella y ya
estaban más sonrientes que al inicio de la tarde. Ninguno de los dos se animó a
encender la luz cuando el sol se ocultó y conversaban en la penumbra viendo sus
siluetas. La armonía es preciosa, sí, ella tiene un lindo timbre de voz ¡Y qué
potencia! ¡Sí! Que si la habías escuchado y claro que sí, ya desde hace mucho,
a ella, no a esa canción, ¿así? Así es. Él se giró para verla más directamente,
estaban en el mismo mueble. Pero entre ellos estaba sentada la prudencia de
vinos en la sangre. Subió ella una pierna al mueble cuando se giró también
hacia él.
Hasta entonces habían conversado
sin mirarse porque la consigna era hablar solo si era necesario, por lo demás
eran dos personas escuchando música en ese departamento de estreno. Todo era
blanco. Había un solo mueble y la laptop que cargó ella del trabajo a su nueva
vivienda. El plan era estar en el suelo, pero él decidió comprar un mueble como
obsequio por la mudanza y además porque sabía que no duraría mucho en el suelo.
Cosas de la edad, pensaba él. Ella pensó en que probablemente se tendría que
deshacer del mueble porque no estaba considerado en la decoración. ¿Sabes que
cuando te conocí, te odiaba? ¿Hablas en serio? Y sí, y se reía ella porque
sabía que era el vino hablando, era el vino confesando. Pero y cuéntame por qué
y bueno, es que nunca te defendías, decía ella, dejabas que se burlaran de ti y
tú actuabas como si los demás fueran tus amigos y que reían contigo pero lo
hacían a costa de ti.
La oscuridad se había ido
acomodando lentamente junto a ellos, primero se sentó un poco lejos, al fondo
del departamento entre los pasillos, pero con el pasar del tiempo se fue
acercado al mueble que estaba junto a la gran ventana. La música seguía sin
hacer caso de las sonrisas que se aplanaban, de los corazones tranquilos que se
agitaban. Sentía en ti una gran apatía, una necesidad de pertenecer a algo
aunque eso significara ser el centro de burlas del grupo. Oye, yo no lo veo así
dijo él. Lo sé, dijo ella, tampoco lo veías así entonces y por eso te odiaba.
Me recordabas a mí.
Cuando te conocí, te admiraba,
dijo él. De esa admiración nació la atracción y de eso nació mi frustración que
consistía en pensar que estabas fuera de mi alcance pero aun así te quería. Ya,
dijo ella, eso me suena a amor adolescente. Lo sé, dijo él. El tercer vino
trajo miradas furtivas, y sonrisas tiernas de mejillas sonrosadas. Recién
entonces comenzaron a chocar las copas.
¿Sabes por qué
me gustas? Preguntó ella y él no dijo nada, se esforzaba por no temblar, se
esforzaba por actuar como si eso no le hubiera acelerado el corazón, se llevó
la copa a los labios, tomó un poco. Me gustas porque eres un cabezadura cuando
hace falta uno y un tipo democrático cuando la necesidad existe. Pareces un
todo terreno. Tiene un corazón inmenso por el que hay que cavar para encontrar,
pero una vez que lo haces… ella abrió los brazos ampliamente con la copa en la mano,
la sonrisa se la imaginó él porque no la veía, ella era una sombra a contraluz.
Hay distancias
tan largas como medio metro que recorrerlas toman varios años y tres vinos. Y
aun cuando el paso es firme no existe certeza piensa él. Ella mueve las manos
siguiendo el compás más alegre que antes.
Here
comes the sun, here comes the sun. Its all right.
Decide no hacerlo. Tiene miedo a
fracasar, tiene miedo a perder. Piensa que las victorias no valen la
incertidumbre del rechazo. Piensa que no vale la pena exponerse a perder por
tener chances de una victoria. Por eso ella lo odia. Por eso le habría dicho
que no. Por eso está tan a gusto con él. Quizá le regalaría un beso si él se
atreviera, pero él no lo hará y ella bebe un poco más. Sonríe más ampliamente.
¿Sabes por qué me gustas? Dice él.
No, dice ella. Porque nos entendemos aun con lo que no decimos. Nuestros
silencios también hablan y casi siempre estamos de acuerdo. Pero cuando no lo
estamos, siempre podemos hablar. Ella se acercó a él y lo cogió suavemente por
la nuca y acercó tranquila su rostro hacia el de ella como si fuera lo más
natural del mundo. Los labios de él tocaron los ojos de ella y los dos rieron,
rieron mucho, rieron como locos, rieron como dos amigos que no saben cómo jugar
a ser amantes, rieron como solo se ríe frente a un amigo de verdad. El pie de
ella tumbó la media copa de vino que quedaba mientras se retorcía tomándose el
estómago y la preocupación nunca tomó el lugar de la sonrisa en el rostro de
él. La música aún los envolvía suavemente.
Let it be, let it be, let it be.
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