Con secretos no tan secretos de besos
furtivos no tan furtivos con aroma a alcohol y a seducción con solo sonreír. El
alma de cigarrillos exhalados que hacen un camino para el conejo adormilado y
embriagado que tiembla sin pensarlo y sin razón. Que dice que no pasa nada y se
baja del carruaje acusando de ladrón al ratón al escuchar sin razón alguna a
cada momento la misma pregunta de “¿a dónde van?” “¿y cómo voy?”. Y Alicia, con
esa sonrisa que roza la carcajada contagiante, le dice al conejo que aguante,
que no pasa nada. Ya no tiembles conejito, aguante, aguante. Y como enredadera
lo atrapa entre sus brazos y él no se resiste. ¡Trae otro carruaje, ratón, que
nos vamos a Gomorra!
-Siempre te quería preguntar si le contaste a
alguien esa historia. Es que a veces pienso que es vergonzosa y otra veces más
me parece hilarante.
-Yo creo que es graciosa. Yo también me reí
aunque en verdad estaba preocupada.
-Pero… ¿se lo contaste a alguien?
Hay un aroma a mar destilante cuando los ojos
se niegan a ver porque es mucho para un solo sentido. Y sonríe estúpidamente
cantando una canción que parece hecha para Alicia a modo de compañía para su
viaje al país de las maravillas porque muere en Re y en sol – con los dos al
mismo tiempo (esto último es tan sutil, le dijo él, como una diferencia
capital). Y su mano escribe en clave porque hay recuerdos que traen sonrisas
que en el momento inadecuado requieren precisiones. “Quien solo se ríe…” dice
ella y se ríe de mí, pero no me río yo.
-No me acuerdo si alguna vez entrelazamos
nuestros dedos ¿te acuerdas tú? ¿Lo hicimos?
-¿Qué más da?
-No sé, creo que es una metáfora del cuerpo.
El vínculo es más fuerte cuando los dedos se entrecruzan. Si los dos se
sostienen, es más difícil de separar.
Una noche son latas de alcohol, son sorbos en
el pasaje ocultándose de la autoridad sin autoridad. Otra noche es un jardín
vecinal entre torres de familias expresando artes a hurtadillas de rodillos de
papel y alucinación. Y es siempre esa fijación por el túnel que le lleva
derecho al país de las maravillas atravesando el mar con la complacencia del
sol que hiere su piel de mentira y que grita “no tiembles conejo” y él que
grita “no te rías” y el camino los lleva entre los planetas aquí juntito al…
-Si juntas palabras delirantes y oídos expectantes
¿qué tienes?
-Una canción.
-Y si tienes un deseo al que no le pones
nombre ¿Cómo lo llamas?
-Si te lo digo ya no será solo mío.
-¿Solo para ti lo quieres?
-Sí.
-¿Sabes que hay escotes que te hablan?
-Pensé que solo yo lo sabía.
-¿Sabes que estás en el diván?
-Sí.
-¿Sabes qué significa?
-Que pienso que algo anda mal.
-¿Sabes qué es una conversación disruptiva?
-Tengo una extraña sensación sobre todo esto,
doctor.
-Debe ser el diván porque es nuevo. Siempre
se tarda uno en acostumbrarse a lo nuevo. Hay un poco de bulla, un poco de
incomodidad y luego se acomoda y todo encaja.
-O no encaja. Es una suerte azar.
-Es azar solo si esperas que funcione y no lo
hace, pero si eliges esperando que funcione, no es azar, es error.
-¿Ya me puedo ir?
-¿Puedes?
-¿Puedo?
-¿Sabes qué es una conversación disruptiva?
-Yo pienso que en donde se juntan el mar y el
sol, allí, justo allí, se encuentra el país de las maravillas.
No se lo dijo, pero canta dormida. Y cuando
despierta se apresura, hay pausa para un beso de despedida, hay un ansia
perdida en un velero flotando sobre agua y sal. Es una historia que termina en
puntos suspensivos. Cuyo último capítulo fue un “soñé contigo” y ahí murió el
autor. Se cerró el camino del conejo, el túnel entre este y el país de las
maravillas, porque sucede que son dos mundos distintos y en los dos quisiera estar el conejo que iba y venía. Pero no siempre Re y sol suenan al unísono y no siempre sabemos qué es lo
mejor.
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