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miércoles, 6 de agosto de 2014

Camuflajes

Dante sopló sus manos renegando entre dientes por haberse olvidado los guantes, una y otra vez se olvidaba, uno de estos días va a salir sin llave y no tendrá quién le abra la habitación. Sopló una vez más, subió el cuello de su saco y seguía sintiendo frío. Estaba atascado, basta ya, solo estaba buscando excusas para no pensar, se decía a sí mismo, estás atascado en tu historia sin nombres, en tus diálogos desnaturalizados.

Un hombre se acercó a él, le señaló los zapatos bien lustrados con un escobillón negruzco, se los limpio, jefe. Dante miró su reflejo en sus propios zapatos y lo volvió a mirar. Debía tener más o menos su misma edad. Qué dice, jefe, se lo dejo como un espejo. Dante volvió a mirar su reflejo en sus zapatos al final de sus piernas cruzadas. Lo miró sin decir nada, un poco anonadado. Descruzó las piernas y se acomodó para recibir el servicio allí mismo, en la mesa de aquel café.

Lima era fría, no. Sí, jefe, pero esto no es nada, yo soy de Huaraz, ¿conoce Huaraz? Dante intentó subirse un poco más el cuello de su saco, se ajustó un poco más la corbata a ver si eso lo abrigaba. No, Huaraz nunca. Y es lindo, un cielo azulito, el aire limpio, no como acá, no sé cómo la gente puede vivir así acá, jefe, con todo este humo de carro, jefe. Le puso pomada encima del zapato que brillaba, lo esparció hasta opacarlo por completo. Sabe, yo me vine para acá porque me dijeron que uno puede ser más libre aquí, jefe, que la plata se puede encontrar en cualquier lado, jefe. Ahora embadurnaba el otro e iba intercambiando la mirada entre los zapatos y la cara de Dante mientras hablaba.

Y él le preguntaba que hace cuanto que vino y bueno, como seis meses ya, pero vino sin nada, jefe, sin un cobre, que llegó donde unos parientes pero que la ciudad los había vuelto malos, que no tenían sitio, que dónde vas a vivir, solo nos alcanza para nosotros y yo puedo trabajar les decía, pero nada, aquí no, primero amables, después ya renegando de mi insistencia porque sabe, jefe, es la única familia que tenía acá.

Se paró un rato del cajoncito multiusos en el que estaba sentado casi de cuclillas para sacar un trapito rojo, mirando a los zapatos siempre. Pero uno es honrado, jefe, y pidiendo te dan, y eso hay que guardarlo y compras así y haces así y ya ve cómo estoy progresando. Dante miró la plaza y vio vendedores de todo tipo, de golosinas, de recuerdos, de santarositas y cristomorados.

Y la gente dice cosas, decía, que la vida es injusta, que otros tienen y nosotros no, jefe. El zapato izquierdo brillaba nuevamente, le quitó el pie del taburetito y le puso el otro aún opaco, abrió la boca y le dio aliento dos veces. Dante se apoyó en el respaldar y comenzó a mirar por la ventana a los canillitas que gritaban noticias, algunos descalzos, algunos con zapatos mugrientos, veía jóvenes que le paraban el colectivo a otros hombres y mujeres. Señorcito, por aquí, por acá, señorita, jefe, jefe, venga, jefe, acá falta unito no más.

Se alzó el cuello del saco otra vez, sopló en sus manos. Yo también pienso que es injusta, sabes. Y lo creo porque veo que a gente buena le pasan cosas malas, me entiendes. Veo que hay gente mala que la pasa bien, no sé. A veces siento que quiero escribir y vivir de escribir, pero hay cosas que uno necesita, entiendes, una casa, un carro, pero la verdad que no alcanza. Y entonces no puedes hacer lo que quieres, porque tienes que hacer lo que debes, entiendes. Sí le entiendo, jefe, ya está, limpito. Y sonrió, guardó todo en su cajoncito de madera, se lo puso al hombro y se paró derechito. Dante miraba la plaza con pena. Y la sonrisa se le escapó. Jaló la silla libre y se sentó justo frente a él.

La vida no es injusta, jefe, la injusticia es una cosa humana; desde su comprensión, el hombre entiende algo como positivo o negativo, y piensa “es justo”, “es injusto”. Pero la vida no es humana, jefe. La vida es más allá de los humanos. Es, compleja y simple, es la vida, nada más, jefe.

Dante volteó a verlo, pero no lo veía en realidad, tenía la mirada perdida, le pasa algo, jefe, estaba pensando, quieres un café, te invito un café, claro, jefe, está bueno para el frío, jefe. Y le preguntó que dónde había escuchado eso y no recordaba haberlo escuchado, lo pensó cuando se murió su mamá cuando todavía faltaban dos horas para llegar al hospital y tuvo que cargarla muerta queriendo que cuando llegue todavía esté viva a pesar de que se le iba enfriando en los brazos. Por favor, tráeme un café más y uno para él, gracias. Y qué pena escuchar eso, le decía, pero que no se preocupara que ya había sido hace tiempo y que por ese tipo de cosas que le habían pasado en la vida pensaba eso, jefe. Dante, me llamo Dante. Washinton, pero mis amigos me dicen Washi. Estoy escribiendo una novela, sabes, trabajo en otra cosa, pero siempre he querido vivir de escribir, pero quiero escribir cosas que sean como reales, entiendes. Sí, claro que entiendo, jefe. Dante, por favor. Dante, claro, jefe. Bueno, creo que me puedes ayudar solo contándome algunas cosas, conversando, me entiendes, claro que lo entendía, jefe, y uno está para servirle en lo que quiera, jefe.

Ya no arreciaba tanto el frío, la plaza se llenaba de más gente y más vendedores y los canillitas iban terminando la faena y ya no perseguían tanto a los oficinistas que caminaban por ahí fumando un cigarrillo de media mañana.

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