Yo con deseos de darte un baño-maría, María, que como chocolate te derritas, que te como, Chocolate. Ay, esa tu piel canela que conocí desde tus manos y, tan extensa, en tus piernas. Y con el oído a tu lado me dijiste, mordiéndome la oreja “tengo muchas ganas de borrarte la boca a punta de besos, flaquito”
Y entonces conocí tu respiración coqueta que se hacía bailarina escandinava sobre hielo con tanto giro y tanta vuelta. Y entonces me conocieron tus manos atrevidas como bailarina gitana que me leía la providencia entre las sábanas. Y entonces eras tan solo tú toda, Morena, resumiendo el universo en una violencia controlada, con tus uñas, con tus garras.
“Qué oscuridad tan cómplice” pensaba y con qué placer tan dulce me besabas. Fue buena idea el tinto.
Mis dedos quedaban atrapados entre las miles de sortijas que son tus cabellos como prisioneros felices de hallar la libertad encadenada. Y en un movimiento violento, Morena linda, causaste un terremoto, mi cielo ahora es el tuyo. Arriba, arriba ¡Arriba! Veo tu rostro que se derrite por el esfuerzo y el techo rosa de tu cuarto es el fondo de este cuadro que yo veo. Te quiero dar alegría, María, y que sonrías justo como ahora que cabalgas rumbo a la utopía. Y te inclinas sobre mí dejando caer gotitas de tu frente a la mía, acomodas tus labios junto a mi oreja y yo te espero quietito: “Vamos, Flaquito, Flaquito, vamos que esta es mía”
Y mis ojos te sacaron una fotografía que está encuadrada allí no más en la entradita de mi mente. Una imagen de un final glamoroso, de un final de campeonato. Fue un empate de dos ganadores, María.
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