Ya podrán escribir en mi biografía “cuando dejó su país natal rumbo a Francia…” Pareciera que en las buenas biografías no puede faltar Francia o por lo menos Europa. Iba camino a la Sorbona, con los ojos chinos, rojos, una pin de Cable mágico en el bolsillo, una bolsita de porro, el pelo ensortijado, el pantalón muy ceñido, botas de cuero sin lustrar y mucha literatura en la cabeza.
Sabía que no podría pasar el porro por el aeropuerto. Tuve que sacrificarlo, incinerar sus huesos y me fui a volar antes de abordar mi vuelo. Hay una lejana letanía, hay algo de poético en este sacrificio. Recordé los azares que esta tierra infértil, esta tripa desértica que es la costa peruana me ha mostrado. Pensé en los amigos muertos, pensé en sus veinte años, en los puñales húmedos y los callejones con historias asombrosas. En un momento llegué a ser el tipo con quien no hay que juntarse, con quién debes contarle a alguien si te lo encuentras, a quien hay que revisar a ver si no te golpeó porque actúa tal cual los tipos que golpean.
Y sin embargo no he estado nunca en una pelea. Jamás golpeé a una mujer. Jamás una mujer me lanzó alguna de esas cachetadas asquerosas hollywoodenses, premeditadas, sin reacción, ilusorias, irreales, falsas y mentirosas. No. Una mujer me rompió la nariz de un golpe seco, un puñete directo. Me quebró el tabique y se quebró un dedo. Lloró ella muchísimo más que yo. Eso no lo muestran en la pantalla. Cuando golpeas, nadie te dice que la mano se te hincha luego. Esa fue la única vez que terminé la relación con una mujer, creo que les agarré miedo. Ahora, si ya no quiero seguir, solo comienzo a cagarla hasta que se aburran de mí, así ya no hay complejos.
Me miran con recelo porque no me comprenden. Ven mi pelo desordenado, ondulado, negro a veces, castaño por tiempos. Mi madre siempre me va diciendo que lo lave y yo me rasco la cabeza sonriendo.
Mi madre lloraba en el aeropuerto. Quizá adivinó que no pienso volver. No dejo nada. Me lo llevo todo. Mi madre le reza al dios en el que no creo. Veo alrededor y no veo naturaleza, veo cemento, veo vidrio, veo desesperación y atrevimiento. Veo odio en las despedidas. Veo nuevamente ese odio que vi en esos ojos indignados, en esos cuellos de camisas planchadas, en esos pullovers extranjeros, en esa sarta de cretinos que no concebían un cerebro bajo este pelo enmarañado. Gracias a ellos me voy, cretinos. Gracias por esa beca que no era para este adefesio. Ellos aplaudiendo en el auditorio por el compromiso nada más y yo con la sonrisa grande y los ojos rojos.
Luego de despedirme de mi madre en el aeropuerto enrumbé al Charles de Gaulle. Con sabor de vinagre rancio en la boca, mi olor de despedido es una suma de vino tinto de mala muerte, de mala noche y hedor de hierba mal camuflada. Nada más. La maleta chica la llevo en los hombros a dos tiras. La maleta grande la llevo en el cerebro. Beso la mano de mi madre, ella sabe que no vuelvo. Paso las puertas del infierno y llego a la sala de espera a esperar mi primer vuelo.
Francia me recibe en su seno y yo me aprovecho de ella desde el primer encuentro.
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