En confidencia, ella le cuenta un secreto bajito, bajito. Juguetea ella con sus manos pues se siente consciente de que hace mal al portarse mal solo un poquito. Se sonríe medio apenada, se siente graciosa.
Él cuenta un poco el secreto a grandes voces a otros que luego están con ellos y ella grita no, no, su rostro sonríe, pero con esa sonrisa que intenta ocultar vergüenza, trata con sus manos de taparle la boca y él, entre sonrisas, lo dice.
Y ella agotada, se sonroja avergonzada, tapa sus ojos, la comisura de su boca tiembla y hace olitas de un lado al otro, agacha la cabeza y sacude los hombros, se siente exhausta. Llora. Llora como un pajarito herido, llora con el orgullo herido, traicionada.
A él se le escapa la sonrisa y, sinceramente, no entiende. También se le borra la alegría de a pocos mientras pregunta qué pasó, por qué lloras. Él se acerca arrepentido pero sin saber de qué, se pone triste de verla triste, mira a los otros que sí entendieron el disparate, vamos, no es para tanto, era solo una broma, pero ella solloza y solloza.
Él pasa sus manos por debajo de sus brazos y busca que ella lo vea, pero ella no lo ve, cierra los ojitos, se tapa con las manos, gira medio cuerpo y le da la espalda. Lo siento, lo siento. Ella no lo mira. Él mira nuevamente a su auditorio, su madre lo reprende con la mirada. Era solo una broma.
Qué pasa, mi amor, qué pasa, dime lo que quieras, si quieres pégame. Ella menea la cabeza con los ojos tapados. Él está de rodillas. La abraza fuerte, fuerte. Ella destapa primero un ojito y luego el otro y pasa los brazos por su cuello y oculta la cara junto a su oreja. Él la levanta del suelo y la mece con saltitos en sus brazos. ¿Qué pasó, mi amor? Era solo una broma. No, no era una broma, papi, era un secreto, era nuestro secreto. Y a él se le parte el corazón y no sabe si sonreír porque por los ojos se le rebalsa la vergüenza y es ahora él quien se tapa los ojos. Perdóname, perdóname, mi amor.
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