¿Cómo es que cada vez que te pienso puedo
saborearte en mi boca? ¿Cómo es que solo cerrando los ojos veo el amanecer
trenzado a tus brazos, entre tus piernas? Hay algo de magia en este truco tuyo,
hay algo de tácito en estos momentos.
Hay algo de barroco
rococó en nuestro intercambio de miradas. Es todo demasiado a veces. Es todo a
mil por hora. ¿Por qué esa premura entre nosotros? ¿Es que nos extinguimos si
nos tocamos? ¿Es que nos estamos terminando el uno al otro con cada sorbito de
placer que nos damos?
Durante el día me
pregunto cómo es que cada vez que mi mano ensaya una curva imaginaria y
exquisita, exhala un halo hecho de polvo de recuerdos que proyecta la cintura
que acaricié esta mañana, tu cintura a la que me abracé con fuerza para no
ahogarme en un mar de sábanas blancas.
¿Has notado que tu mano
encaja en la mía como un rompecabezas? Yo he notado que no te molesta si
desordenamos el universo juntos. Pero ¿por qué tanta premura al besarnos? ¿por
qué tanta angustia por el abrazo más pronto? ¿Por qué el tropel al respirarnos
mirándonos, tirando nuestros cabellos hacia atrás?
Hablas lento a veces,
remordiendo tus labios, te castigas a ti misma y te privas de decir esa verdad
que ambos sabemos y los otros dos no. No te sientas mal. Sabes que compartimos
esta carga tan ligera juntos, tan pesada cuando nos separamos.
Yo tengo pensamientos
extraños solo cuando no tengo tu esencia en directo, cuando se mezcla mi
realidad con tu presencia de diferido: solo cuando no estoy contigo. Solo en
esos momentos, puedo pensar en el agobio por desvestirnos al vernos, por apagar
la luz al encontrarnos, por decir “te extrañé tanto”, por decir “yo también lo
hice como no te imaginas”. Cuando no estás, puedo hacer símiles, me cabe pensar
que somos como la ruta del tren y que cada vez que nos vemos, recorremos todas
sus estaciones.
Cuando estoy junto a ti,
no. Entonces, no. Entonces, todo es solo disfrute, es solo premura, es agobio,
es angustia por la prontitud de ya no extrañarte. Cuando estamos juntos, somos
solo pasajeros de una locomotora en movimiento donde actúan leyes de las que no
nos enteramos porque las vivimos.
Y siempre en la última
estación, te remuerdes los labios. Te niegas a decirme que tu boleto es de ida
y vuelta, que alguien más espera con tus maletas. Y yo silencio el silencio de
tus muecas con un beso. Un beso que dice que mi boleto es también de ida y
vuelta y que alguien más me espera con mis maletas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario