Un minuto y medio. Ya en este punto estaba aterrado. Ya no quería café, ya no sé qué tomaría cuando ella llegara, estaba en blanco. Me puse de pie intempestivamente. Desde la puerta del local, un hombre miró a la mujer que abrazaba y luego me miraron. Fuera había una cola de personas esperando por entrar. Me volví, me senté. El concho de café pasado reposaba en el fondo de una taza blanca. No había mezclado bien mi azúcar.
No sé en qué momento había cruzado los brazos sobre la mesa, ni desde cuándo había apoyado la frente sobre ellos. En cuanto ella golpeó dos veces el vidrio, reviví. Me sonrió, y caminó, mirándome todavía, hacia la puerta. Me senté, acomodé, revisé mi peinado y esperé. Todos los costados del establecimiento son de vidrio así que podía verla en todo momento. No le quitaba la vista de encima, avanzó tranquila y en la puerta no la dejaron pasar.
El problema cuando estás nervioso es que no piensas muy bien, para mí verla en ese aprieto era mi gran oportunidad. Las personas en la cola pensaban que ella quería adelantar el turno y a pesar de que a todas vistas indicaba que la esperaban dentro, no se lo permitían. Me levanté de la mesa y caminé lo más elegante que pude, sin apurar el paso hasta tocar el hombro del encargado. “Viene conmigo” dije, casi como James Bond. Abrí la puerta, la hice pasar y la pareja que antes me había visto ponerme de pie, se terminaba de acomodar en mi mesa de la que ya habían levantado hasta mi taza blanca sin café en menos de seis segundos. Mi tan esperada mujer y yo no teníamos dónde sentarnos. Volteé verla, desanimado, ella me devuelve una sonrisita con los labios apretados, pone su mano en la parte baja de mi espalda. “Ahora podemos irnos a donde queramos” me dice, yo sonrío.
Cada vez que he pensado en las oportunidades desperdiciadas con ella, me imagino también lo que haría yo hoy siendo como soy ahora. Sería más caballeroso, menos torpe, más amigable, menos inseguro, más arrebatado y menos avergonzado. Pero anoche, fui el mismo de hace siete años cuando fui a despedirla. Me convertí en un niño jugando a ser grande, con un disfraz que le queda inmenso y un torpe ronquido en la voz que se desafinó con cada una de sus sonrisas.
Fue nuevamente otra oportunidad perdida. Llevábamos juntos sesenta segundos y ya no sabía de qué hablar. No soy más que un farsante. Mi semblante me mostraba despreocupado, como si estuviera junto a una amiga cualquiera. Yo parecía solo un cascarón, solo una fotografía. Pero en realidad quería contarle que había querido hacerlo todo con ella: vivir, trabajar, viajar, existir. Quería que nos hubiéramos comprado un chalecito, haber discutido esas cosas tontas que la convivencia te hace conocer.
Hoy que escribo esto con la esperanza de que lo leas, esperando que recuerdes que ayer puede haber sido cualquier día, quiero decirte que adoré que me tomaras del brazo, que posaras por un segundo tu sien en mi hombro, que mi calor pareciera tu calor, que tu sonrisa contagiara la mía, que pudiera soñar andando que lo que vivía era eterno, que no era un sueño sino mi presente.
Es extraño que a pesar de tantos años, todavía con tu sonrisa tan solo, puedas cambiarme el humor. Eso no lo he encontrado, te confesaré (como no lo he hecho), porque no lo he buscado. Es que mi torpe cabeza cree que ya lo encontré, el problema es que aún no lo tengo. El problema es que aún no te tengo.
1 comentario:
Ojalá "ella" visite tu blog tanto como yo #CheerUp
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