Aún sin abrir los ojos, notó su razón que había despertado, había un hormigueo en sus sienes, había unas ganas de quedarse tapado, inmóvil. Solo respiraba. Tenía sabor a vino tinto rancio en la boca. Aún sin abrir los ojos, notó que cálidamente a sus narices se asomaba un tímido olor de piel de mujer blanca. Estaba tibio el ambiente, entraba luz de sol por la ventana, las cortinas eran lívidas, eran nuevas igual que las sábanas que lo cubrían. Se ocultó un poco el sol, serían las nubes que lo tapan.
No siguió el rastro de ese indescriptible pero acaso dulzón aroma, giró su cuerpo en contra, mirando hacia la ventana. Había pequeñas corrientes de aire que se filtraban en el cuarto, vientecitos que helaban por momentos su rostro, que le decían que era invierno fuera de la habitación, que se abrigara al salir. Restregó un poco sus ojos con los dedos y sintió una mezcla de olor a cigarros consumidos y a recuerdos excitados. Sonrió. Llevó sus dedos a la nariz y aspiró profunda y silenciosamente tratando de separar un aroma del otro ayudado por el recuerdo de la velada anterior.
El tiempo se había ocultado bajo alguna de las prendas que en desorden dormían en el piso al pie de la cama. Compartían la misma sábana ella y él. De seguro era de mañana, pero qué tanto habría avanzado no lo sabía. Tampoco es que le interesara, al fin y al cabo, ese día definitivamente no iría a trabajar. Giró sobre sí, casi no miró el techo blanco, las luces apagadas, innecesarias ya. Levantó el brazo y no halló el muladar que pensaba encontrar. Halló paz. Resuelto y más decidido a esperar a que fuera verdad, viró noventa grados más y encontró un mar de pecas minúsculas adosadas a un dorso suave. Parecía inverosímil que conociera esa piel de antes, pero que ahora la conociera más, que la conociera completa y por completo. Con el envés de la mano pasó suave sobre el hombro y sí, bueno, era una realidad. Estaba ella en su lecho, era de ella ese perfume natural, eran esos sus cabellos ondeados como marea calma. Era negro su pelo y cubría su rostro hasta sus mejillas, su largo era suficiente para hacerle una máscara hasta sus pómulos sonrosados que él podía ver apenas. Su respirar era pausado y rítmico, era suave.
Cuando ella despertó, lo miró sobre su hombro y lo encontró fingiendo que dormía apoyando su mejía en su espalda tibia, en la feminidad de su espalda. Apenas la sintió, pasó él su mano por su cintura hasta su vientre y jugaron sus dedos con el ombligo de ella, no se dieron el buenos días, pero vaya que para él eran buenos. Colocó ella una mano sobre los dedos de él que calentaban su vientre y lastimó su ánimo el anillo de recién casada. No se turbó, eso sí recordaba de la noche anterior y de meses antes que eso.
Juguetearon mucho antes de levantarse, se entremezclaron sonrisas con cabellos, se abrieron pequeñas cajas de secretos que habían sido guardados con recelo. Él beso por fin lo que antes solo admiraba y ella recordó al fin lo que solo imaginaba. Mientras se abrigaba antes de marcharse, el anillo de ella brillaba. El cuarto era blanco y eso hacía que más resaltara. Él intentó peinarse pasando los dedos por su cabeza, se miró al espejo, y en el reflejo vio a esa mujer que dejó de ser muchacha, vio nuevamente el anillo de casada en el dedo y vio que colocaba boca abajo el retrato de su esposa que en la alcoba los miraba. Cómplice lo miró ella, se sonrieron los dos. Hacía frío aquella mañana a pesar de que el sol gritaba calor. Las calles no estaban desiertas. De hecho, parecía haber más personas esa mañana.
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