Sí, el aire estaba viciado, todo el sopor pesaba, los dedos entumecidos. Dos personas no se veían, dos hombres, dos sombras, dos sobras, dos simples sobres. En realidad no había razón por la cual tener los ojos abiertos, la noche estaba bien entrada y esta noche de verano, la luna no se dignó a asomarse. De hecho, el cielo estaba despejado, pero probablemente por cosas que apasionan a otras personas, la ubicación de ese satélite natural no era adecuada para reflejar nada a esta zanja aquí abajo en este mundo.
Quizá tampoco fuera tan importante porque no estaban en la tierra, estaban en un mundo lejano. Ensimismados, los límites de su universo avanzaban de la mano con los de su imaginación.
- De verdad, estoy hecho una mierda.
- ¿El corazón?
- Sí. O el cerebro, en fin, quién sabe. Lo que sí sé es que siento ganas de vomitar, de esconderme, de correr, de encontrarme a alguien a quien quiero ver pero de lo más casual posible.
- Faldas…
- Sí, faldas, o falda, quién sabe.
El problema no es el dinero cuando se tiene, hay falta de tiempo cuando todo acaba, hay minutos
que no pasan cuando se quiere, en fin. La cuota de locura entumecía su memoria y los recuerdos eran solo sombras que se asomaban a los sueños de un ente despierto.
- Hay ocasiones en los que en que los rostros de quienes conozco no encuentran asidero en mi razón. Sé que son sus rostros, pero no los entiendo. Tengo a veces el recuerdo de una persona para la que no tengo recuerdos.
- Sí, estás hecho una mierda. Basta de cacareo. Ya pasó tu etapa de poeta.
- Sí, bueno, creo que se acabó con la quinceañera.
- O en el quinceañero.
- O en el quinceañero con la quinceañera, en fin. ¿Recuerdas eso que dijo Sabina?
- ¿Cuál, lo de “lo peor es cuando al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos”?
- Exactamente. Sabes, quiero escribir un cuento que empiece y termine con la misma oración.
- Me parece que ya lo he leído.
- Ya, pero no lo he leído yo.
- ¿Eso lo hace nuevo?
- No lo sé. ¿Debería Incluir conversaciones?
- No lo sé.
- ¿Qué no sabes?
- Lo que pasa es que en muchas conversaciones de las que escribes no pones nombres y entonces, luego de algunos guiones, pues no sabes quién dice qué.
- Ah, no, claro que se sabe, pero tienes que leer con atención nada más.
- Volvamos a lo de los puntos finales.
Este tiempo de Lima es loco pero agradable. Ya ves, sus lluvias en verano, sus sopores nocturnos invernales, vientos otoñales en primavera y etcétera y etcétera. El caso es que el vicio del aire en el ambiente se hacía insoportable.
- Te decía que quería escribir algo que empiece y acabe con la misma oración. Quiero que parezca que no tiene puntos finales.
- De hecho debería ser “que no tenga punto final” porque, pues, si es final ya no puede haber otro punto después.
- Ya, te lo concedo dentro de esa lógica. Igual, es su nombre.
- ¿Te das cuenta de que no me lo concedes? Arguyes en mi contra.
Las despedidas se prolongan más que los saludos. Hay segundos que duran mucho más de lo que parece, a mí no me engañan. Ellos esperaban el alba que llegaba sin deberes y olvidaban los menesteres de quienes sus años alcanzan. Sin embargo, hay un no sé qué que a uno entristece y al otro entretiene en sus añoranza.
- Ya. Lo que sí debo evitar es que de un cuento de cuenta cuentos pase a un cuenta versos que eso parece que me encanta.
- Ah, las rimas. Ay, tus rimas.
- Lo peor de todo es que me esfuerzo en contra.
- Es que, la verdad, bueno, sí pues, no, mira, hay algo, un… algo. Pero intenta, trata de que no suenen tan musicalizados tus textos.
- Bah, ¡qué simple parece!
Lo cierto es que de una escritura corriente y sin un ánimo en específico, colocó con la izquierda en la mano derecha un lapicero y con esa mala letra que arrastra desde pequeño, escribió algo tonto como la descripción de su propia realidad en ese momento. La lata helada de cerveza que sostenía con la mano le pasó factura mientras escribía la primera línea que qué contendría todavía no había decidido: Sí, el aire estaba viciado, todo el sopor pesaba, los dedos entumecidos.
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