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martes, 12 de julio de 2011

Las vidas que son medias vidas

Está triste cuando la duda se despeja y su vida joven vuelve un poco a su rumbo deseado. Cuando un torrente tan esperado llega inesperadamente y da con una esperanza vaga, y quizá inmadura, al trasto de las ilusiones perdidas, de las esperanzas lejanas, de las vidas que son medias vidas y que mueren, aunque al menos intentaron, igual que aquellos que se estrellaron en la pared del baño. Abrazados todos, abrasados y consumidos y consumados.

Fue padre por un instante, pero lo fue. Y lo fue por muchos años en su imaginación del futuro, aunque el tiempo real no fuera más que un cuarto de hora. No llora, pero está triste. Si piensa sensatamente, se siente feliz, pero si piensa en cuán feliz fue durante esos días inciertos en los que la desesperación lo corroía, se siente decepcionado.

No se ahoga en llanto, pero suspira. Aliviado y no aliviado. Esperanzado y resignado. Sabe que hay un tiempo para todo y que su tiempo aún no había llegado. Pero fantaseó tanto. Sintió que abrazó y que unas manitas lo abrazaron. Soñó que habría sido exitoso, buen marido y buen padre, aunque su hijo habría tenido dieciséis y él, treinta y dos.

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