Aún les sonríe, porque la arpía no ha podido arrancarle el carisma del rostro. Aún sonríe porque a pesar de todo, están todos juntos, alrededor de él. Ya no puede abrazar, pero lo abrazan. Ya no puede besar, pero lo besan. Aunque no lo hagan entre ellos mismos.
Su compañera lo recordará quizá desde esa esquina donde está ahora, enfundada, quieta y en silencio. A pesar de que están en la misma habitación, ahora ella está en silencio, como nunca sucedió. Ya no es la misma, es cierto. Porque él la lijó, la pintó, le cambió las cuerdas, la embelleció. Y llora, lo sé. Porque la veo desde mi ventana.
Ese hombre era un adicto a Dios y a su guitarra. Dos vicios que nunca logró que sus hijos, sus hijas, sus nietos, sus nietas, sus hermanos y hermanas, sus sobrinos y sobrinas entendiera, ninguno de los que estaba allí entendió ni compartió. Y sin embargo, estaba siempre él para amistarlos cuando peleaban, compartir cuando se amistaban. Y siempre estaba su guitarra.
Y hoy lloran. Y sé que no es falso ese llanto, no es lluvia en sus rostros. Es dolor. Hoy que oyen esa incesante canción que era característico de él. Lo lloran y esperan que esté donde esté, encuentre a ese Dios a quien tanto amó. Y que exista ese lugar sobre el arcoiris al que tanto cantó. La lluvia cesa y por un momento, por un momento solamente, se abre un espacio, un resquicio azul en el cielo.
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