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domingo, 16 de enero de 2011

No me esperes sentado

Ella baja feliz del avión y respira aire limeño nuevamente. Su sonrisa crece mientras llena sus pulmones lentamente con los ojos cerrados. Abraza tiernamente su bolso, lo mira, sonríe y avanza.

Nadie pensó que él fuera bueno para ella. Es un buen artista y sabe lo que hace, pero la gente suele señalarlo por ser tan dejado. Es carismático, es cierto, y tiende a caerle bien a la gente. Pero en cuanto tiene muchas responsabilidades, estira la mano, jala una silla y comienza a esperar. Y al fin, luego de decirle que la amaba, luego de decirle que  se casarían y ya con el anillo en el dedo él le dijo que la esperaría con todo preparado para la boda cuando volviera de su gira, bebía limonada en su silla y aún no había preparado nada.

Ella es actriz y mientras pasaba de Rusia a Alemania en su gira, recordó que lo que haría falta sería el albo vestido de novia. El mes estaba acabando y pronto tendría que regresar. Se vio a sí misma caminando despacio hacia el altar. En cuanto lo vio, no dudó. Era ese. Sería aquel el vestido en el que todos la verían y la recordarían llorando de felicidad. Y sí, volverían antes, un día antes. Vaya sorpresa que se llevará él cuando la vea llegar. Ella desea de todo corazón que él la espere en el aeropuero, pero verlo sorprendido siempre le gustó mucho.

No. No había reservación de iglesia, ni invitaciones, ni invitados, ni juez, ni pagos hechos. Nada. Sí, nada. Había una limonada a medio terminar junto a una silla aún tibia. Nada más. Eran demasiadas cosas en qué pensar.

En la siguiente obra que estrenó la actriz, también estrenó aquel precioso vestido blanco alemán. Era otra vez la protagonista. Y al verla llorar antes de caer el telón, la gente pensó en lo bien que actuaba y la ovacionaron de pie.

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