Es una pena que el bullir de textos en su mente se disuelvan mientras busca el papel en qué apuntarlas. Es imposible escribir todo lo que le viene a la mente. Y le molesta, claro, que tras el segundo verso sienta que se esfuerza por encontrar un par más de rimas para completar su seguidilla.
Es el despertar del duermevela, agitado, a coger un lapicero o un lápiz de color o un plumón o una pluma fuente o lo que sea, lo que sea. Y en lo que piensa que su lapicero está sin tinta, su lápiz sin punta, su plumón seco, las imágenes en su mente ocupan el espacio de la imaginación pura, del sentir puro, del sueño que quiere hacer realidad: su inspiración, en fin.
Intentó domir con lápiz (con punta) y papel junto a él. Y soñó con lápiz y papel y no recordó ningún duermevela. Amaneció con una hoja pegada al rostro y una raya de carboncillo en la mejilla. Creo que es hora de que se compre una mesa de noche con la que se golpeará el pequeño dedo del pie, seguro.
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