La calle se va haciendo angosta. De ancha al comienzo se va volviendo un callejón. No tiene techo. El camino es empinado y en lo que se divisa como el fin se ve el cielo. Es azul y despejado. Avanzo a paso lento como cansado. La cuesta es alta. Y entonces, lo que parecía el final no era sino el comienzo. Era el principio de un mar azul, profundo que se prolongaba hasta el infinito. El camino terminaba en una caida recta, en un borde. Y abajo, el mar.
Las olas iba y venían de todos lados. De norte a sur y viceversa y todas las viceversas posibles. Parecía una cubeta de agua llevada por un borracho. Miro a la izquierda, nada. O quizá una pared. A la derecha se prolongaba el camino. Tomé esa ruta. Una de las paredes que flanqueaban el camino primero continuaba en forma de L la ruta que tomé. La pared esta quedaba a mi derecha y a la izquierda el mar azul.
La pared comenzó a inclinarse mientras avanzaba. Y en el decurso de mi camino iba cayendo a mi vera. Y terminó por hundirse bajo la arena de playa. El camino se hizo una línea amarilla y la mar brava estaba calma a mi siniestra. Me detuve y contemplé. No era una playa que haya visto antes. Pero estoy casi seguro que el paisaje está conformado por fragmentos de otros lugares que ya conocí.
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