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lunes, 9 de abril de 2012

De gatos y mariposas

Adivinó que el techo le era extraño y cayó en cuenta de que estaba con su ropa más nueva, la que actualmente le quedaba mejor y que resaltaba su figura y esa línea embriagada que no sabe de rectas. No encontraba su sonrisa y no podía quitar los ojos del techo que la cubría. Tampoco era su cama. No eran esas paredes suyas ni tampoco las ventanas. Giró sobre sí misma y metió su mano bajo las sábanas. Allí encontró una sonrisa suya, quién sabe cómo llegó allí.

Comenzó a nevar recuerdos como gotas de rocío que caían despacio, muy despacio. Y al pasar su rostro inmovil, veía como si fueran espejos, fragmentos rotos de televisión. Se veía a sí misma y a otro que no reconocía, que era solo una silueta de sombra. Era un recuerdo sin rostro. Se movió un poco, intentó coger un copo de mente y este se desvaneció al contacto con su piel y en su condensación produjo sangre, una rara diástole.

La mente puede ser muy cruel con las memorias, puede ser una garra, un zarpazo que despedaza lo que ha llegado a ser muy tierno, muy suave, muy tuyo, un zarpazo y solo queda un agujero sin bordes definidos, un sangrado que no se ve, pero se siente, si no el dolor, al menos el desliz cálido, un hilo. Si son los recuerdos mariposas multicolores que se posan sin voluntad en el consciente, no es otra cosa el sistema de seguridad de la memoria que un gato muy cruel.

Cuando sus ojos crearon un puente hasta las sábanas, un puente de cristal líquido, del más puro sentimiento sin nombre, abrió ella los ojos. Era todo lo que siempre había querido ser,pero seguía siendo humana. Dónde están sus alas de ángel, dónde las plumas que la componen, donde están sus recuerdos de sobrevolar la ciudad tomada de una mano amiga, sino de un amor. ¿Dónde están esas nubes a sus pies. ¿Dónde está esa inocencia? La lógica ronronea, y se pierden más formas, caen más mariposas, y la niña desaparece justo frente a ella misma. Pero ya ni recuerda que tiene que llorar.

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