Nacida de una delusión alcohólica, la morena de piel tan blanca como las nubes de su borrachera que no se borra, camina contorneándose entre palmeras del desierto, entre cáctus con raíces saladas y olor a mar. Casi se detiene el viento para verla caminar como camina, casi para el viento y contiene la respiración para no asustarla.
Es esa falta de sobriedad que lo lleva a conversar con las cosas, a jugarse con los objetos que lo rodean. Es su sinceridad de niño lo que hace curvas las rectas, arriba y abajo el piso, arriba y abajo y convierte la carretera en el pasadizo de su casa, y para la oscuridad que lo somete busca incansable el interruptor.
El sueño no lo vence porque batalla con todo. Se sujeta de su realidad bebida con las manos, con las dos que sabe que tiene y con las cuatro que ve. Se coge suavecito, suavecito del piso y las rayas blancas le bailan y ve nuevamente a esa morena de piel blanca, desnuda; sí, desnuda. Y camina ella y él la ve caminar: uno, dos, uno, dos, uno…
Y cuando abre los ojos, dos trenes cruzan su cabeza, pero ninguno tiene tiques para morenas, pero sí trae de polizontes a la realidad, a la vanidad, a la vergüenza y lamentablemente también al recuerdo.

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