LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

martes, 3 de noviembre de 2009

Aguante de actor porno

Le París, un céntrico cine de Lima en la avenida La Colmena, proyecta películas para adultos todos los días del año, casi doce horas al día. Edson, un estudiante universitario, penetró sus entrañas por más de cinco horas viéndolo todo, oyéndolo todo, evitando llegar al final antes de tiempo.

Por Paul Medina Trejo

Personas masturbándose en público es una de las imágenes que Edson asoció siempre a un cine porno. Hombres y mujeres arreglándoselas para superar la incomodidad del pequeño espacio entre las butacas en poses exhibicionistas es otra. Estos pensamientos invadían su mente de niño cuando rogaba que el tiempo pasara más rápido y pudiera tener ya su DNI y con él acceso total a muchos lugares: bares, discotecas, cines para adultos. Pero, cuando ya lo tuvo, lo detenían las miradas de los caminantes que lo señalarían si ingresaba a algunos de estos lugares. Ahora, sin embargo, caminando por la avenida La Colmena, en el centro de Lima, traga saliva cada vez que pasa y vuelve a pasar frente al cine al que ha decidido entrar. Cruza de largo una y otra vez como un peatón más. Mira los rostros cada vez que cruza frente a las puertas del cine. Casi tropieza. Las veredas están rotas debido a las refacciones que realiza la municipalidad. El edificio en el que está el cine es inmenso. Tiene ocho pisos y es verde. Pero no del verde fosforescente que acompaña al anaranjado y rojo de los anuncios de su portón: “Super estrenos. 4 funciones continuadas”. Le recuerdan los anuncios de algún concierto de Chapulín, el dulce o Chacalón Jr. Frente al edificio Internacional, se encuentra levantada una puerta enrollable para ofrecerle satisfacción no solo a la curiosidad.

El cine Le París es uno de aquellos cines de la Lima antigua. Es uno más de esos cines de una sola sala que no pudo soportar la competencia de los multicines y que, resignado, tuvo que llenar el vacío de películas de estreno no otorgadas, debido a su única sala, con películas para adultos para no sucumbir al cierre. Era 25 de julio de 1952 cuando Le París abrió sus puertas. Entonces cobraba lo que hoy equivaldría a tres o cuatro soles. “Que un éxito creciente colme siempre los esfuerzos de esta gran empresa” dice la leyenda de la placa de la fundación a la espalda de la viga central de la entrada. No es sencillo verla. Con su capacidad de 240 personas, este gran cine tuvo su auge y caída paradójicamente en la misma década: los ochentas. Luego de estrenos famosos como Caníbal Holocausto o El Padrino, en 1985 debido a la crisis política que enfrentaba el Perú, Le París comenzó a proyectar películas de corte erótico para atraer a un público cada vez más escaso. El nuevo milenio fue recibido en esta sala ya con funciones continuadas de cine para adultos.

Mientras Edson atraviesa lentamente el umbral de la entrada a Le París, logra ver a una persona sumergida en la penumbra de la boletería. A más de 3 metros es casi imposible saber si es hombre o mujer, pero sí, que está muy entrado en años. Ya con la mano en el bolsillo buscando los cuatro soles que cuesta la entrada, ve que la señora, sin decir una palabra, coge las monedas sobre su repisa y le alcanza su ticket correspondiente. No parece que su cara pueda hacer gestos ya. Todo su rostro tiene más surcos que corteza de tronco y tantas líneas sus labios que parece tener muchas bocas. El cabello es totalmente cano y sus lentes muestran una inclinación por un estilo de épocas pasadas. A Edson, la señora no le pareció desagradable sobre todo porque no dio ningún indicio de juzgarlo. Con el ticket en la mano, se dirige hacia un par de puertas recubiertas de cuero rojo que se abren por el medio, entrada directa a la sala. Un hombre gordo y bigotudo, muy parecido a Mario Bros, le pide su comprobante. Está sentado sobre un banco que parece pedir ayuda. Su rostro oscuro es grasoso al igual que su pelo negro. Debe tener unos 45 años. Mira a Edson sobre sus lentes inclinados. Allí está, lo está juzgando.
-Me dijeron que se prohibía la entrada a mujeres solas- dijo Edson, tratando de hacer entender a Mario Bros que no solía entrar a ese tipo de lugares- ¿Es verdad?
-No hay ese tipo de restricciones aquí, quizá en otras salas, acá no.
-¿Qué tal dos hombres solos?
Mario sonríe.
-Bueno, acá puede entrar cualquiera con tal que pague su entrada y no haga problemas. Nosotros siempre estamos pasando con una linterna para ver que las parejas no hagan cosas indebidas.
Edson pasó saliva al recordar que no mencionaron ninguna pareja hombre mujer y que algo “indebido” podía suceder. Saborea arrepentimiento.
El gordo bigotudo sonríe convencido de que es la primera vez que el muchacho entra a alguno de estos lugares. Edson lo interpreta y también sonríe. Antes que él, dos jóvenes avanzan hacia la puerta roja. Es el momento decisivo. Junto al letrero que indica la capacidad de 240 espectadores, las puertas rojas se abren lentamente y un largo gemido salé expulsado de su interior.

-¡Pa’ su mare, nunca vi una chucha tan grande!- comenta uno de los muchachos que va delante de Edson. La puerta da pase a un pequeño pasadizo. Lo primero que ve es la gran imagen en la pantalla gigante: dos colores opuestos intentando mezclarse con un batir constante.
-Pucha, estos españoles de mierda que les gusta doblar las películas porno. Es recontra matapasiones- comentó el otro.
-Oe pero al final, la imagen es la misma, no?.
-Es que tú no sabes, pe’. Eres nuevo. Es mejor cuando la jerma grita en su idioma- se ríen.
Edson está detrás de estos dos que no dejan de hablar. Entra en la sala. Hay un terrible olor a vejez. A vejez y a cigarro. Los cinéfilos callan a los habladores. Es casi imposible ver. La entrada da directamente al centro de la sala. Hora de decidir. No se puede seguir de frente. El paso está cerrado por las butacas delanteras, ¿izquierda o derecha? Izquierda. Busca el camino iluminado al ascenso. Las escaleras están escoltadas por pequeños foquitos dentro de un tubo rojo. Iluminación de burdel, piensa Edson. Sonríe.
-¿Qué te pasa, tío?- habla un voz en off en la pantalla. Parece ser quien sostiene la cámara.
-No. No lo sé. De pronto no se me para. Sabes que es mi primera película. Estoy algo estresado, ¿vale?
-Está estresado y nervioso- dice la rubia arrodillada frente a él tratando, con ambas manos, de salvar la secuencia. Hay risas en la sala.
Edson está a la mitad del camino. No quiere subir más. Toma el primer asiento cerca de él, junto al pasadizo. Piensa que así podrá escapar más rápido. Un celular suena.
-Aló. No, no. Estoy en el hospital, el hospital- nuevamente risas.
Escucha muchos ruidos a sus espaldas. Las butacas, de cuero, crujen en las últimas filas. Comienza a golpear despacio el piso de madera. Está nervioso. Mira hacia el techo. Ve el proyector, es uno muy moderno. El pensó que aún estarían usando los aparatos gigantescos de proyección. La sala se ilumina en una butaca adelante, alguien prende un cigarrillo. Mira a su izquierda. Ve a un señor de unos sesenta años. Está comiendo algún piqueo mientras mira la película. Ahora a la derecha. Primero el pasadizo, más allá dos hombres separados por un asiento vacío. Uno bebe algo, el otro fuma. Las sombras salen y entran a través del pasadizo del centro. Sombras que se contraponen a la luz del ecran. Avanzan despacio, la mayoría son abuelos, algunos jóvenes pero todos hombres. De pronto, una cabellera larga recogida en una cola irrumpe en los pasadizos. En la pantalla, una señorita que dice tener una hija que vive en Bruselas se las arregla con otra chica. Alrededor, algunas manos varoniles van desapareciendo. “Es raro darse cuenta, en un lugar como este, que hay más diestros que zurdos”, piensa Edson.
Junto a él, de camino a la cima, pasa un joven de unos 25 años. Tiene unos botines blancos que terminan en punta, chompa verde con rayas blancas y una camisa blanca debajo. Sube despacio, mirando a ambos lados. Parece estar buscando a alguien. Pasa el sitio del muchacho y él vuelve a respirar.
La silueta femenina no es tan femenina ya. Tomó la senda derecha. Parecen patrullar la oscuridad.

El cine Le París tiene la mayor cantidad de clientes los sábados, domingos y hasta los lunes. Algunas veces se llena. Pero, no pasa a menudo ya que, la gente entra y sale de manera constante. Obviamente lleno no es con solo 240 personas dentro. La función va todos los días de once de la mañana a diez y media de la noche. Con los cuatro soles de la entrada un cliente puede quedarse, si quiere o puede, las once horas y media que dura la función. Junto a la entrada hay servicios higiénicos: urinarios, cabinas con puerta y sin puerta, como lo desee. Si tiene hambre, con comunicárselo a Mario Bros, podrá salir a comprar lo que desee y volver a ingresar para seguir viendo la función. Nada de marcas ni sellos, basta con un movimiento de mentón del gordo.

Todos en la sala miran hacia delante. Miran a la rubia cabalgar a todo galope, al parecer, sin darse cuenta que no avanza. Se oyen sonidos como besos en la parte de atrás. Pero, nadie voltea. Tampoco Edson. Un golpe en una butaca, parece que alguien se acomoda. Podría caerse el mundo en el fondo y, por un acuerdo tácito, nadie voltearía. Repentinamente, alguien toca el hombro de Edson. Él mira a su izquierda, es alguien del pasadizo. Tiene botas blancas de vaquero.
-Si quieres, te la chupo- susurra una voz masculina en su oreja.
Edson mueve bruscamente la cabeza, la aleja del vaquero. No dice nada. El joven de la chompa verde sigue su camino de descenso. Ya sabía que no aceptarían sus servicios. El tipo de los piqueos ahora está fumando. Nada ha pasado. Desde el fondo provienen sonidos de hebillas rítmicas. El muchacho intenta concentrarse en la rubia ahora en su faceta de muestra de avícola.

Cinco horas después de haber entrado, Edson decide que es hora de retirarse. Mira a la derecha, el abuelo sigue fumando. A la izquierda, un hombre duerme. Mas abajo hay hombres comiendo y fumando. Se pone de pie, mira las escaleras con las luces de burdel. Baja cuidadosamente y llega al centro. A su espalda, en la pantalla, una morena lanza gemidos teológicos. Abre la puerta roja y sale al hall del cine. Se despide de Mario Bros y sale a la calle. Hace frío afuera. Es invierno en Lima. Mete las manos al bolsillo y dirige sus pasos en La Colmena en dirección a Tacna. A lo lejos se oyen invitaciones para las barras de sol que ya abrieron sus puertas. Edson siente con los dedos una moneda en el saquillo. Claro, llevó cinco soles para la entrada.
-A sol la barra, A sol la barra. Habla, flaquito, ya empezó el baile, ah, sería doble función.
Bueno, qué mejor que una oferta para gastar un dinero que se pensaba ya gastado.

No hay comentarios:

Los más leídos!