José, Francisco, Pedro y el Pelao forman parte ya del paisaje de bienvenida que ofrece Lurín a quienes se adentran a sus entrañas en busca de su tradición con aroma a fritura y pan recién horneado. A los asiduos asistentes no les sorprende ya el violento recibimiento que ellos dan en busca de obtener su atención. Para los nuevos es sorpresa. Para ellos cuatro, el chicharrón es cosa de todos los días al igual que para el perro marrón es esperar que los carros frenen para no matarlo.
Son las siete de la mañana de un domingo de invierno y José corre por llegar a tiempo al trabajo. “El lechón de oro” está a medio abrir y doña Hilda, la dueña del lugar, descarga las sillas de encima de las mesas de madera. Ella es una mujer robusta, con manos gruesas que el trabajo se encargó de darle. José arriba a su destino caminando a prisa.
—Por eso te botaron— le increpa a José doña Hilda.
—Ya pues, tía, todavía es temprano.
El joven es un estereotipo vivo del hombre de los andes peruanos: nariz ancha al igual que la espalda, pelo lacio y piel cetrina, los brazos gruesos, manos toscas y un modo de hablar que grita su origen ancashino, no sin mucho orgullo.
Ya a las ocho, llegan Francisco y Pedro respirando profundamente el olor a chicharrón que emana de la seguidilla de ventas del paradero Julio C. Tello a la entrada de Lurín.
A esa hora ya la Panamerica vieja se comienza a llenar de vehículos particulares ávidos de satisfacción del antojo de fin de semana. Un perro marrón, taciturno y viejo, cruza la avenida sin mayor cuidado, sin mirar, sin parar. Los carros frenan en seco y sin tocar el claxon, esperan a que el perro viejo termine de pasar con la lástima que emana de su cola inmóvil. La chicharronería “El cerdito” ya abrió sus puertas y lanza a la avenida a su jalador de consumidores, armado de un tridente de cocina con un pedazo de chicharrón clavado en la punta y servilletas en los bolsillos. Doña Hilda, atenta a todo, envía a José por madrugadores. Dos muchachas ayudan a la mujer en la cocina. El perro viejo vuelve a cruzar la calzada sin mirar y deteniendo autos a su paso, melancólico y desaliñado.
—Ya vaya vaya, que el “Pelao” sabe jalar. A ver si aprendes de él.
El “Pelao” es un cuarentón, de poca estatura pero fornido. Se abalanza sobre un auto que da apenas indicios de detenerse a contemplar los vapores de las ventas.
—Prueba no más, amiguita, sin compromiso. Si no ahora, para que regreses otro día.
Se sujeta del carro e introduce su tridente para dar a probar la exquisitez. Francisco y Pedro también se abalanzan al mismo carro con tridentes de diferentes tiendas y el primero mete el suyo por el mismo lugar que el Pelao. En el auto todos probaron el manjar pero deciden seguir el camino.
—Ya pe’, Pancho— que así le dicen a Francisco—si quieres, metete por la otra ventana— grita el Pelao mientras va hacia “El cerdito” en busca de más carnada.
—Ahí viene el Piurano—vocifera, entre risas, Pedro.
José trabajó en la chicharronería “Los piuranos” hasta hacía un par de meses, pero lo despidieron porque llegaba tarde, desde entonces venía ya su apodo de Piurano. Los cuatro, moscas a la miel, se trepan sobre una camioneta metiendo sus tridentes por las cuatro ventanas. Esta vez el conductor acepta y se va con el Piurano a “El lechón de oro”, quien sonríe satisfecho. Se oye un chirrido de llantas y el ambiente se llena de olor a hule quemado. El Piurano, Pelao, Pedro y Pancho guían sus miradas y ven a varios carros detenidos. Los curiosos se asoman a ver. El perro melancólico sigue cruzando la vieja Panamericana con su vida que le pesa sin prestar atención al peligro. Sigue el día con el perro de ida y vuelta y los cuatro jaladores atacando los carros que llegan a Lurín. La mañana va clareando, los aromas perduran y la tradición permanece.
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