Está bien, lo acepto, soy culpable: suelo bromear en el peor
momento. Justo cuando alguien más se pone serio (usualmente, seria) conmigo, lo
único en que puedo pensar es que lo que acaba de decir es tremenda broma. Y la
estupidez se me escapa de los labios en forma de sonrisa. Y hay que ver la que
se arma…
Hace un tiempo, muy poco en realidad, fui con mi viejo a la
casa del dueño de una de las fábricas para las que mi padre ofrece servicios de
electricidad industrial. El tipo es un español buena onda, yo le pongo unos 75
años encima. Es cinta negra en judo, casado con una peruana y amante de plantar
todo en su jardín.
El día que llegamos a hacer la instalación, nos dimos de
cara con un huertito cuyo principal atractivo eran unas delicadas, larguiruchas
y verdes hojas de cebollas. El español, a quien mi hermana llama Don Juancito,
nos habló largo rato, orgulloso, de su planta.
Yo no soy de los que creen eso de que para plantar cosas hay
que tener ‘buena mano’, solo hay que ser responsable y dar los cuidados
adecuados. Pero, a todas luces y a pesar del esfuerzo en su jardincito fuera de
su cuarto, mi padre no lograba entonces que crecieran ni los bichos que se
alimentan de las hojas. Ya ven que hay eso de que algunas son de sol y otras de
sombra y que hay que regarlas algunas mucho y otras opoco y otras tantas
indicaciones complicadas. Mi padre, creo yo, iba más por el poder de la
naturaleza: tú eres planta, te pongo en maceta, vamos ¡Crece! y bueno… hasta
entonces, la naturaleza no lo consentía.
Don Juancito quería iluminar su huerto, que estaba a la intemperie,
para poder enamorar a sus cebollas incluso en la noche. Mi padre lo haría. Uno
de los pilares que sostendría un farol estaba justo encima del huerto. En una
de esas que papá bajó de la escalera en la que trabajaba, tambaleó un poco y
cayó de lleno sobre las princesas de Don Juancito. Juraría que escuché un ¡Ay! desde dentro de la casa apenas mi viejo
levantó las botas de las plantas y como por arte de magia, el español apareció.
-¿Qué pasó con mis cebollas?- preguntó mirando la escena del
crimen. Tenía al culpable en frente.
-Ellas comenzaron- dijo mi padre - jejeje
Desde entonces sé de dónde salió el alivio cómico para este
tipo de situaciones. A veces pienso que le hizo eso a las plantas de pura
envidia, pero no… no creo, no?
Para mí, Chandler fue siempre el mejor de Friends, esa
sitcom gringa de los 90s. El tipo es hilarante. ¡Me siento tan identificado! Le
sucede lo que a mí: se me ocurren tonterías cuando no debería. Esos instantes
en los que los tipos maduros se quedan callados o utilizan las frases
prefabricadas por la sociedad como ‘lo siento’, ‘lo lamento’ o algo así, no, a nosotros, los tarados
crónicos, se nos ocurre lo que consideramos la mejor broma, el mejor juego de
palabras que esperamos que con una mágica sonrisa se solucione todo.
Obviamente, no funciona. Bueno, a veces sí. Ya ven que nos solemos rodear de
quienes nos celebran.
Y sin embargo, seguimos empecinados. Nos entercamos, si nos
lo aguantamos de decirlo de tanto que se quejan siempre nuestros interlocutores
(en su mayoría, interlocutoras), nos delatan los labios con una risa que se
escapa malagradecida. Y siempre parece burla, pero no los es. No lo es. Es esa
inquebrantable necesidad de sentirse estúpido y reírse de uno mismo que termina
pareciendo que nos reímos del otro.
¿Saben lo que sufría yo al no poder contener la sonrisa en
la oficina del director mientras me regañaba?
Creo que deberían empezar a buscar la cura para esta
enfermedad. A veces pienso que es una buena cachetada, pero luego recuerdo
tantas que he recibido y aún sigo, que no creo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario