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jueves, 16 de febrero de 2012

La realidad del sueño

Tenía un hombro más tibio que el otro, era el derecho. También el aroma era mejor a su diestra y también el destino y la vida y la alegría lo miraba desde allí y su deseo y su poder. Y su no poder. Estaba más tibio el hombro derecho y un vientecillo llegaba a su pecho de vez en vez pero constante. Él no quería mirar, sí quería, pero no quería. La tibiez se movio, se acomodó un poco, solo un poco. Giró la cabeza lo suficiente para ver fuera el ocaso en movimiento y sin embargo estático. Sí, era él quien se movía, era él y todo el vagón y todo el tren.

La ventana se abría apenas y dejaba ingresar una briza suave y un poco de olor a mar. Pero no era eso a lo que prestaba atención, era al aroma de mujer dormida, era el aroma de sueño indefenso lo que abarcaba acaso los más de sus sentidos. Era eso y el tacto y todo ese aparato que cubría su ser: su piel. Allí se acomoda de nuevo, parece acercarse. La tibiez en su hombro, el calor de su cuerpo, la fiebre en su frente. Estaba quieto, tiezo, no se quería mover. El viaje lo estaba cansando pero no quería dormir, quería que el recuerdo fuera lo más largo posible. Duerme, ángel, duerme.

Dudó, cuando quizo levantar su mano izquierda y peinarla sin verla. Volvió a bajar su mano. Cerró los ojos y aspiró. El vagón estaba lleno de luz roja, casi casi sepia o no sé qué. Es ese color que se transforma al segundo que entraba de manera perfectamente horizontal a través de las ventanas a la derecha. Iba de norte a sur. El ocaso le sonreía. Ahí se levantaba nuevamente su mano y nuevamente su mente se negaba. No la despiertes, no la despiertes. Disfruta. Tragó saliva. Qué amarga puede ser a veces la felicidad cuando querer difrutarla un poco más puede acabar por terminarla de forma súbita.

¿realmente está dormida? Se acomoda por tercera vez, pero ahora sube ella su mano y acomoda el polo sobre su hombro para estarse mejor. Pero no regresa la mano a donde estaba, no. Recuerda él que alguna vez le dijeron que ella dormía con un animal de felpa grande. Y él lo odió y maldijo su buena suerte. Y hoy, ese abrazo que sentía, sin presión, sin esperarlo, lo convertía en una suerte de felicidad de felpa, de alegría de felpa, de jolgorio de felpa.

Ahora sí está decidido. Levanta su mano izquierda y casi alcanza esa catarata de cabellos castaños que llegan hasta el edén. No lo había notado, pero ella lleva un polo de tiritas. Ha girado su cabeza a la derecha y mira hacia abajo. Y sus ojos caen. No había estado conciente de que ella fuera tan mujer. Ese valle allí abajo justo donde caen los torrentes de catarata de castaña que bien podrían formar un remolino que desea con todas su fuerzas lo arrastren tan al fondo que conocería a Poseidón.

Inclina un poco su cabeza y su mano izquierda aún está suspendida. No se terminó de decidir. Ahora sí, ahora sí. Cierra los ojos y siente que entre sus dedos cruza la briza, decide cerrarlos un poco. Traga saliva con un retumbar tremendo, como una explosión a media noche. Abre los ojos, mira alrededor: todos duermen. El ocaso no lo espera y ya casi muere. Sus dedos tocan los cabellos castaños y los desliza desde la frente hasta la nuca suave, suave, y deja caer despacio su mano hasta tocar las últimas hebras de ese manto precioso e invaluable. Y por casualidad, con el borde de la mano, le toca el hombro desnudo.

Piensa. Siente. Ella duerme. Son solo dos centímetros de piel. Solo dos centímetros. Ella se mueve, él aprieta fuerte la mandíbula casi hasta hacerse daño. Su cabeza se mueve arriba y abajo para soltar los dobleces que acaso se generan en su polo, en su hombro. Sube ella la mano del pecho al cuello. Siente él algo tórrido, algo gélido, algo... algo.

La mano de ella en su cuello hierve. Desde la boca de su estómago hasta su garganta sube un mar hélado, un témpano. Y él piénsa en dos centímetros. Abre los ojos, intenta mirarla más de cerca, sus ojos caen a esas dunas, a ese valle, al fin de las cataratas castañas, ve los dos centímetros, ese puente. Pero los ojos no los ve. Los labios no los ve. Están ocultos en su hombro. La mano de ella le dice que no está dormida, pero su la actitud de su cuerpo le dice que aún no se decide. ¿qué hacer? ¿debe moverse él? ¿dejar que ella lo haga? ¿Debe mover acaso su mano hacia su mentón y guiarla al cielo? ¿es eso lo que espera? ¿Espera?

Allí está, se mueve el mentón despacio buscando el cielo, se descubre la piel hermosa bajo las cataratas, ve sus cejas, ve sus labios, su nariz, sus ojos cerrados. Se acerca él, la mano de ella hierve. Rompe el puente y la mano de él se posa completamente, delicadamente, en el rostro de ella: no la dejará huir. Quita suave el hombro y la cabeza de ella no cae. La penumbra en el vagón es un cómplice, es compinche, es amigo.

Hay un volcán en su cuello que lo hala hacia la gloria y ve el perfil del amor llamarlo por su nombre. Y ya no ve, ven solo sus labios que saludan que son amigables. Y le responden el saludo y lo tratan como si siempre hubiese vivido allí. Lo abrazan y le dan la bienvenida a un desierto deseado. Posa peregrinos en las dunas y se desliza toda la catarata hasta ese remolino que minutos antes deseó y que ahora lo desea a él. La oscuridad esta noche es amiga.


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